Sonata en Pardavé
No es que a Baldomero no le guste Bach, no, no es eso. Es que, en el día grande de las fiestas de Pardavé, a las dos de la mañana, por mucho que lo pida con exquisita educación un eminente cirujano de Santander, oliendo a pacharán, entre “Suspiros de España” y “El muerto vivo”, no le parece oportuna una sonata. El acordeonista está acostumbrado a peticiones disparatadas, nada nuevo. En las fiestas más o menos patronales de los pueblos de la montaña, Baldo tiene vistas muchas escenas toscas, tirando a bárbaras. En los años cincuenta se tiraba sin acritud un músico al pilón por negarse a tocar cuatro veces “la puta de la cabra”. En los años setenta un vaquero de resaca podía soltar una becerra en medio del baile sin avisar. En los años noventa el más tonto de pueblo podía entrar en el prao de la orquesta puesto de cocaína, a toda hostia, haciendo trompos con la cosechadora. La guardia civil no decía ni Pamplona, más les valía. Estaban cagaos, luego hay que andar por el monte y te llevas un fesoriazo en la cabeza sin verlo venir. Protestaba, eso sí, el maestro que pegaba algún pescozón al que pillaba cerca y poco más. La única autoridad respetada solía ser la de las madres, algunas. Francisca, la hermana de Amable, la que vive al lado de la escuelina, de un tortazo cambiaba a un paisano de equipo de futbol. Ya podía llevar pascuales encima Valentín, el fíu, que oía un bocinazo de la madre y reburdiaba, pero obedecía y marchaba pa la cama como una oveja. Josefina la panadera, a la mínima que alguno hacía el tonto le embriscaba los mastines. Y a Encarna, la güela de Toñín, el día del tumulto con los de Boñar, la vio Baldomero tirar de escopeta y llenar los culos de los más bravos con perdigonazos de sal. De aquella las muchachas no contaban. Podían esperar sentadas a que las sacara a bailar un soltero compasivo, aguantar impertinencias, comer pastas y, todo lo más, beber una copina de anís. Claro que podían ir a lo oscuro, Baldomero lo veía de reojo. Aquello no solía acabar bien. Había, también, cómo no, buenas personas. No es que Baldomero fuera un intelectual, ni orgánico ni inorgánico, pero la realidad objetiva, según él, estaba más cerca de la barbarie que de la civilización. Qué sabrás tú, decía la Etelvina, su mujer. Es la miseria, la brutalidad. Los que se han criao en el monte cuidando vacas, comiendo patatas cocidas y se han educao a pataes no están para filosofías.
Sí, Baldomero ha tenido ocasión de tocar a Juan Sebastián, el compositor teutón, bien lo sabe Etelvina. En el entierro del cura de La Vecilla que dejó la orden por escrito. En la ermita de Valdorria el año setenta y ocho, cuando la visitó el ministro de no se acuerda qué. Pero en Pardavé, con el mocerío cocido bebiendo pascuales, no procede. Llaman Pascual a un vaso de tubo lleno de orujo.
No es que Baldomero tenga muchos remilgos a la hora de escoger el repertorio, es que conoce el paño. Una sonata de Bach en las fiestas de Pardavé. Es como si en medio de una operación a corazón abierto alguien entra al quirófano, se dirige al cirujano, de Santander o de Pernambuco, y le pide una colonoscopia urgente. Cada cosa tiene su tiempo y su lugar. Pues nada. El médico veraneante empeñado con las sonatas y no sé qué más. Etelvina es la que se encarga de los contratos, es la representante de su marido, Baldomero, el mudo. No suele acompañarlo en sus giras, la mula perla no puede con los dos, la pubrina. Bueno, poder, puede, pero es incómodo. Ha venido a Pardavé de capricho, en el coche de línea, para ver a una amiga, fueron juntas al ateneo de León. La Etelvina tiene mala leche. La tercera vez que insistió el doctor con lo de Bach se puso bizca. Mala señal. Baldomero no hizo caso y, por quitar hierro, para despistar, tocó una de Michael Jackson que a su mujer le encanta. La Etelvina se puso a hacer eso de andar patrás como en la luna. Se dirigió al doctor. Giró sobre sí misma, lo sacó a bailar tirando de él. El médico protestaba. Intentó primero resistirse y luego moverse torpemente, seguir el ritmo de Etelvina. La gente hizo corro. El universo se paró a mirar. La Etelvina baila que marea, bien lo sabe Baldomero. Ha visto bailar a millones de personas, exagerando un poco. Ninguna como la Etelvina. Le dio tres vueltas, dos giros pacá, dos pasos pallá y un pasito palante. El médico tambaleante acabó vomitando el pacharán en la fuente y echándose agua en la nuca entre las risas del respetable. Ahí sí, pensó Baldomero. Ahora cuadra. Una sonata no, mejor una fuga. En re menor.
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