La última caleya


 Milagros era la última de la caleya, tenía ochenta y muchos años. Se la llevaron. Una caleya es, según el diccionario, para los que sean foriatos, forasteros en castellano, una calleja mala, una callejuela, un callejón estrecho y sucio. Una montonera de guajas y guajes se crió ahí durante décadas. Miles en lugares parecidos. Milagros duró poco en la residencia. Se fue con su dios. La echaron de menos en la iglesia que ayudaba a limpiar, ya casi siempre vacía, y en la peluquería. Su casa cerrada, ahí quedó, ahí está. En tiempos mucho más negros, carboníferos, cuando el frio se traducía en sabañones y pulmonías, muchas familias amontonadas vivieron en la caleya en cuesta, a pie de monte. Sale de la carretera que va al puerto, poco antes del cementerio, y termina en las huertas a escasos cincuenta metros. La gente empezó a llegar y amontonarse en los valles cuando abrieron las minas. 

 

Esta mañana temprano sonaron golpes en la puerta metálica, a la entrada de la caleya. Hay una vieja cochera abandonada, robada al suelo público sin que nadie dijera nada, que se ha convertido de un día para otro en un quiosco de caballo y sus derivados. Hay un trasiego constante. No es una estampa agradable. Las paisanas que ven la caleya desde arriba, a medio monte, al otro lado de la carretera, se quejan. No les gusta ver miseria, han visto demasiada, están estragadas. Conocen a la mayoría de quienes compran allí su medicina. Los han visto crecer, ir a la escuela, bailar en la fiesta, hacer cola en la oficina de empleo. Sus primeros robos, la cuesta abajo, su deterioro físico.

 

A escasos doscientos metros el mundo es otro. La pequeña ciudad respira. Atrás quedan los tiempos siniestros. Nunca se vivió mejor. Hospital reluciente, escuelas equipadas, institutos, universidad, aguas limpias, biblioteca, autobuses, trenes, polideportivos, parques, pan. El caballo, la farlopa y sus respectivas actualizaciones o sucedáneos no son recién llegados. Pasaron factura a varias generaciones, no fue barata. Muertos en los portales, en los váteres de los bares, en descampados y chupanos. Sí, también en la caleya. Era la actualización del alcoholismo, de las casas por dentro. Palizas, malos tratos, fame. Muchos se fueron. Los que se quedaron la mayoría, mal o bien, salieron adelante con todo tipo de trabajos una vez cerradas las minas. Los y las que van hoy a la caleya a quitarse el mono son hijas e hijos, nietos y nietas, hermanas y hermanos de la comunidad. Tienen nombre, pasado y presente. Como Milagros.

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Comentarios

Pasó

Amable, el solitario.