La Serrana
Ensimismada, con la mirada clavada en la lumbre de la cocina, Etelvina barrunta tempestad. La perrina inquieta se da cuenta y mueve la cola. Huele a carbón, ajo y patatas. Sopla un aire helador que viene de la peña. La casina esta pagada, hay para llenar el plato. ¿De donde sale la tristeza? No está acostumbrada, no tiene tiempo, hay que bregar. La vida siempre es corta, no importa la edad. No irá a Egipto. No aprenderá árabe, no tendrá una casa más solayera, mejor ventilada. No tendrá tiempo para millones de cosas. Mañana toca sembrar, ir con las cabras a la vecera. En el pueblo nunca hay vacaciones. Envidia, un rato, un poco, a los veraneantes. Últimamente duerme mal. Da vueltas en la cama, rezonga. Quita el cazo del fuego y prueba con la cuchara de madera. Baldomero ha ido a Cistierna, al cine. No tardará. Tendrá que contárselo. No sabe cómo. Se ha muerto la Serrana. Fue a buscarla ya oscurecido, extrañada. La Capitana y la Artillera habían vuelto con la perra. La encontró en el camino. Se despeñó cerca de la collada. La Serrana era una vaca muy particular. Etelvina siempre elegía su leche para hacer queso. Era la más simpática, la primera en salir de la cuadra, la última en entrar. Y la más lista, nunca se metía en el prao de Vilasio que tiene muy mala hostia. Baldomero tocaba el acordeón para el ganao cuando estaba contento y la Serrana se acercaba interesada ladeando la cabeza. Le gustaba mucho la zarzuela. Daba mucha leche. Se notaba a fin de mes, cuando llegaba la cuenta de la cooperativa. La Etelvina escucha llegar a Baldomero por el camino, montado en la Perla. Por el trote parecen alegres los dos, les habrá gustado la película. No les durará mucho el contento. Hasta que noten la ausencia.
Comentarios
Publicar un comentario