La última caleya
Milagros era la última de la caleya, tenía ochenta y muchos años. Se la llevaron. Una caleya es, según el diccionario, para los que sean foriatos, forasteros en castellano, una calleja mala, una callejuela, un callejón estrecho y sucio. Una montonera de guajas y guajes se crió ahí durante décadas. Miles en lugares parecidos. Milagros duró poco en la residencia. Se fue con su dios. La echaron de menos en la iglesia que ayudaba a limpiar, ya casi siempre vacía, y en la peluquería. Su casa cerrada, ahí quedó, ahí está. En tiempos mucho más negros, carboníferos, cuando el frio se traducía en sabañones y pulmonías, muchas familias amontonadas vivieron en la caleya en cuesta, a pie de monte. Sale de la carretera que va al puerto, poco antes del cementerio, y termina en las huertas a escasos cincuenta metros. La gente empezó a llegar y amontonarse en los valles cuando abrieron las minas. Esta mañana temprano sonaron golpes en la puerta metálica, a la entrada de la caleya. Ha...